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Entre la razón y la emoción: la arquitectura académica y visceral en Boullée y Durand

  • Foto del escritor: CARLOS G GONZALEZ-ROSADO
    CARLOS G GONZALEZ-ROSADO
  • 7 feb
  • 3 Min. de lectura

La arquitectura del siglo XVIII y principios del XIX revela una tensión fundamental entre dos formas de concebir el proyecto: una aproximación académica, basada en la razón, el método y la composición sistemática, y otra visceral, centrada en la emoción, la experiencia y la potencia simbólica de la forma. Esta oposición puede entenderse claramente a través de las figuras de Étienne-Louis Boullée y Jean-Nicolas-Louis Durand. En el primero, Boullée, se representa una arquitectura visceral que busca conmover y producir efectos emocionales mediante la escala, la luz y la geometría sublime. Mientras que, en el segundo, Durand, encarna una arquitectura académica, racional y sistemática que reduce el proyecto a principios de composición, economía y funcionalidad. La relación entre ambas posturas demuestra que la modernidad arquitectónica se construye precisamente en la tensión entre emoción y método. Por lo tanto, la arquitectura moderna surge del diálogo entre una visión visceral que busca significado y una visión académica que busca orden y sistematización

La obra teórica de Étienne-Louis Boullée ejemplifica una arquitectura profundamente emocional y simbólica. Su propuesta no se limita a resolver funciones, sino que intenta provocar experiencias sublimes mediante formas geométricas puras y escalas monumentales. En proyectos como el Cenotafio de Newton, la arquitectura se concibe como un instrumento para producir sensaciones de grandeza, infinitud y contemplación cósmica. La esfera gigantesca, la iluminación dramática y la exageración de la escala no responden a criterios constructivos realistas, sino a la búsqueda de un impacto emocional directo. Esta postura puede definirse como visceral porque prioriza la percepción y la emoción del observador. Boullée entiende la arquitectura como un arte capaz de conmover, donde la forma geométrica se convierte en símbolo. La razón no desaparece, pero queda subordinada a la experiencia sensorial y poética. De este modo, Boullée representa una arquitectura donde el proyecto se concibe desde la intuición, la imaginación y el deseo de producir significado más allá de la mera función. 

En contraste, Jean-Nicolas-Louis Durand propone una visión sistemática de la arquitectura basada en la composición racional y la economía de medios. En su Compendio de lecciones de arquitectura, Durand plantea que el proyecto puede reducirse a principios generales de organización y combinación de elementos. Para Durand, la arquitectura no debe depender de la inspiración subjetiva, sino de reglas claras que permitan organizar el espacio de manera eficiente. El uso de la retícula, la repetición modular y la clasificación tipológica reflejan una voluntad de convertir la arquitectura en una disciplina científica. Rafael Moneo explica en el prólogo que Durand busca simplificar la arquitectura hasta sus componentes esenciales, priorizando la economía, la utilidad y la claridad compositiva. Esta postura es académica porque se basa en la enseñanza, la sistematización y la transmisión de métodos. El arquitecto deja de ser un genio inspirado para convertirse en un profesional que organiza elementos según principios racionales. Así, Durand representa la transición hacia una arquitectura moderna entendida como disciplina técnica y reproducible. 

La comparación entre Boullée y Durand evidencia dos polos fundamentales en la teoría arquitectónica: el visceral y el académico. Boullée demuestra que la arquitectura puede ser un medio para producir emociones intensas y significados simbólicos, mientras que Durand muestra que el proyecto puede estructurarse mediante principios racionales y sistemáticos. Sin embargo, estas posiciones no son excluyentes. La arquitectura moderna se nutre de ambas: necesita del método académico para organizar el espacio y de la intuición visceral para dotarlo de sentido. Por ello, la arquitectura surge del equilibrio entre razón y emoción, entre la sistematización académica y la intensidad visceral.


Comprender esta tensión permite interpretar la historia de la arquitectura no como una sucesión de estilos, sino como un campo de debate entre la lógica constructiva y la experiencia humana del espacio.

 
 
 

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